Cuento de Navidad…

Alrededor de los ojos de la madre el tiempo había dibujado ya tantos surcos como caminos se abrían a la que, hasta hacía un instante, era una niña; su niña.

Todos los años diciembre olía a frío extinto a manos de estufas que significan hogar, de braseros redondos como el mundo que convierten una mesa camilla en un universo, de misericordiosos radiadores que emanan calor como por arte de birlibirloque;

y todos los años traía diciembre ese saquito de preguntas cargadas de futuro paridas de la necesidad [avidez] por saber de aquella cría vestida de varitas mágicas.

Aquel año diciembre llegó con un color distinto; un aroma diferente; un frío que no terminaba de extinguirse, de ahogarse, de rendirse al brasero, ni a la estufa, ni a la lumbre mágica de la chimenea, ni al radiador…

Le pesaban aquellas líneas de expresión que fueron un día y que hoy eran auténticos caballones donde acequias de lágrimas acamparon durante años. Su niña era la que hoy la miraba sabiendo que, de un momento a otro, aquella mujer, la MADRE, SU madre, rompería el cómodo silencio con una pregunta; y su intuición le decía que aquella pregunta era la que durante muchos años ella planteaba cada diciembre.

Uno tras otro.

Todos.

La que fue niña hacía tiempo se recordaba a sí misma preguntando impaciente:

– Mamá, ¿en qué se nota que es Navidad?

Y recordaba cómo se impacientaban sus manos si una respuesta satisfactoria tardaba mas de esa eternidad infantil que ocupa un segundo.

– Mamá, ¿qué es la Navidad? – preguntaba mientras sus ojos se quedaban, literalmente, pegados en los adornos de la Plaza Mayor.

– Mamá, ¿somos distintos en Navidad?. ¿Por qué todo el mundo se sonríe, incluso los que el día de antes se miraban como enfadados entre ellos; enfadados con el mundo??

Se deshacían las calles a su paso mientras la que ayer era una  cría se sentía un poco madre de la madre. Y, la que fue niña hacía tiempo, comenzaba a inquietarse [como lo hacía su madre tiempo atrás, cada diciembre entrante] porque sabía, SABÍA, que no bastaba cualquier respuesta.

Todo se detuvo entonces. La que fue niña hacía tiempo alimentaba su sonrisa de las lágrimas que no podían brotarle buscando la respuesta a la incipiente pregunta [los ojos de la madre estaban preñados de aquella pregunta sempiterna vestida de diciembre].

Suspiró; siguió sonriendo con esa ternura inconfundible de las lágrimas mudas…El tiempo – se dijo a sí misma…

El tiempo arranca la semántica a la palabra madre – lloraba en silencio, mientras le sonreía a la madre. El tiempo vacía un poco las almas de sus recuerdos cuando pesan demasiado. El tiempo ralentiza la sangre. El tiempo es una burbuja inmensa que se cuela por entre la tela de araña de dendritas y axones que perdieron la brújula un instante atrás.

Pareciera que un resorte secreto, escondido en las calles vestidas de fiesta, activó de nuevo los pies de la madre. Avanzaban sus manos y aumentaba la presión de la mano de la madre en el brazo que la sustentaba, el brazo de la que ayer era una cría, su niña.

– Hija…

Y se detuvo el mundo entero. Se intercambiaron los polos. Se hizo de noche bajo su piel.

– Hija… ¿Qué es la Navidad?

Y el mundo seguía quieto.  Anegados de tristeza océanos y mares. Secos de pena sus ojos.

La presión en su brazo aumentaba insaciable de respuestas. La que ayer era una niña, su niña, veía en los ojos de la madre su propia impaciencia, su propia necesidad de saber, su propia necesidad de escuchar la palabra justa….

– Hija… ¿Qué es la Navidad?

Duelen las lágrimas cuando brotan adentro. Escuecen a su paso el reverso de la piel. Cuando amas con lo mas profundo del alma lloras hacia dentro. Para no herir a los que quieres. Pero cada lágrima deja una quemadura certera y atroz por dentro. Un libro infinito de tristezas la piel llorada  en silencio.

– Mamá; mama!!!. Mami!!! la Navidad es…

Tiempo quieto.

Tiempo inmóvil.

Tiempo estanco.

Acurrucada la eternidad en la palma de la mano.

Y los ojos de su madre, vacíos de la semántica de madre, espejos de una niñez emborronada.

– Mamá; mama!!!. Mami!!! la Navidad es… La Navidad es una mentira, mamá.

La madre pareció sumirse en una tristeza inesperada.

– Mamá, espera, escúchame!! Es LA MENTIRA que solo es capaz de inventar una madre, tú mamá, para explicar lo inexplicable, mamá. Es la mentira de tu sonrisa año tras año que alimentaba mi dicha, mi ilusión, mi fé, mi confianza. Es el amor que subyace a esa mentira, mamá.

La Navidad es el amor que encerraba tu mentira cada año. El amor inmenso que se tragaba las realidades para alimentar quimeras. El sacrificio que subyace a esa mentira, mamá.

Una chispa unió los puntos cardinales de aquel amasijo de dendritas y axones que perdieron su brújula. Y recordó, lo que dura una mentira, tantas navidades de color carmín; soterrada ceniza.

– Eso es la Navidad, hija. Gracias. Te mentiría mil veces mas, ¿sabes?

La música omnipresente volvió a difuminar aquellos puntos cardinales. Los ojos se apagaron de nuevo. La última lágrima escoció mas que ninguna.

Continuaron su paseo; la madre y la que hace años fué su niña. Eso era la navidad….

Eva López Álvarez

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Puedes echar raíces en un segundo. Formar tu mundo entero a partir de un instante.

Lograr que tus cimientos sean tan grandes como una palabra y lograr que tu vida quepa en ella; que tenga sentido; que sea hermosa; que merezcan la pena el resto de horas…

 

Loco.

Te dirán.

 

Los cimientos son la base, lo son todo. Fuerza, madre, resistencia, apoyo, eje, epicentro, nudo, raíz. ¿Cómo una palabra podría ser la base? ¿Cómo un segundo, efímero, extinto antes de producirse siquiera?

 

Locos.

Les diré, mientras recuerdo ese maravilloso fotograma de “Los Puentes de Madison” en que Clint Eastwood le dice a Meryl Streep: […]”esa clase de certeza solo se presenta una vez en la vida”

 

Locos.

Me reafirmaré.

 

Los cimientos pueden ser tan, tan, tan fuertes; tan tan tan sólidos como lo que dura un instante. EL instante. El tuyo. No renuncies a buscarlo.

 

 

                                                                                                        Eva López Álvarez

 

casa-de-arbol

 

Le faltaba el oxígeno.

Se asfixiaba.

Cuanto más respiraba más se apretaba ese nudo que empequeñecía sus pulmones; los que no fumaban mas que el humo tóxico y desolador de las decepciones…

Y  seguía respirando,

bucle infinito de supervivencia y agónica tortura.

Se dejaba morir en cada inspiración…

 

Hasta que se cansó de dejarse morir a manos de aquel oxígeno tóxico que convertía su sangre en adoquines grises como los de las aceras, limados, desgastados, romos de tanto pisarse, pisarse, pisarse…

 

Decidió buscar su propio oxígeno.

Mortal para otros tal vez; no para ella.

Le dió la vuelta a su piel. Le dió la vuelta a su alma [la puso del revés]. Le dió la vuelta a los colores del amanecer. Le dió la vuelta al rumbo de sus pasos.

 

Te ahogarás; le gritaban.

Se llevó su cuadro [torcido por las casualidades]. El silloncito que convertía la ventana de su dormitorio en acceso directo a Nunca Jamás. La lámpara de cuentas de cristal negro [lágrimas lloradas en negro]. El esperjo que le recordaba quién era. La pequeña luz que dejaba encendida de noche para que apagase la luz hiriente que acompaña a los miedos.

 

Y le dió la vuelta a su piel…

Eva López Álvarez

 

sirenaurbana

El hombre que baila sobre un volcán

 

Atesoraba montones de años.
Su piel lo contaba;
pareciera corteza de árbol viejo su piel
[idénticos círculos concéntricos; como almanaques vivos
mudos testigos]

No tenía mas que eso: montones de años.

Una silla (solo tengo un culo, se sonreía insolente con el destino).

Un camastro (nunca he sido de amores mas largos que una noche, se sonreía de nuevo, osado con el azar).

Una taza de café que usaba para el vino, para el agua, para el café (se sonreía cada vez que cogía su taza, mellada como él; esportillada como sus uñas a manos del tiempo; descolorida como su pelo)

Un hornillo y un tesoro, la caja de cerillas. (¿Quién necesita magia teniendo una cerilla?)

Un retrete; un lavabo; una muda (solo tengo un cuerpo, volvía a reir con el descaro del que no teme a nada; del que se conoce; del que está tan vivo que no le importa un carajo la parca)

Durante mas años de los que recordaba no le sobraba ni una colilla al mes; ni una moneda; ni una galleta… A veces, ni una cerilla (era lo que mas le dolía). Pero durante esos años coleccionaba pequeñas losetas de porcelana, de esas con las que se ponen absurdos nombres a las “fincas de alcurnia”. Renunciaba a otro paquete de galletas, o a unos calcetines libres de agujeros por reunir las monedas precisas para comprar otra pequeña pieza.

Tardó tanto en reunirlas que las letras parecieran anárquicas, sin sentido alguno, huecas…

Cuando compró la última recordó la emoción inmensa que se siente al llorar. Tanto tiempo secos los lagrimales que las lágrimas brotaban con olor a robín….
Había guardado, con esmero de padre primerizo, un saquito de cemento y una espátula que encontró en un contenedor.

Colocó, con ese esmero que solo cabe cuando la espera ha sido larga y atroz, cada pieza, cada letra… comprimía con la presión justa para que se mantuviese en su lugar mientras se secaba…

Cuando terminó, su alma se hizo tangible y empujó huesos, corazón, piel hasta salir de su cuerpo y apoyarse en la barandilla para contemplar[se].

Ese era él; esa era su alma:

“El hombre que baila sobre un volcán”

Una carcajada invadió el aire. Se fumó un cigarro allí, sentado, con la eternidad en un bolsillo y la muerte rondándole en el otro.

– Cuando quieras nos vamos – le dijo con aquella osadía del que no teme a nada; del que se conoce; del que está tan vivo que le importa una mierda morirse…

Yo ya estoy aquí; para siempre. Bailando sobre un volcán.

 

Eva López Álvarez

volcan

Paul planchaba sus blancas camisas con enfermiza pulcritud y precisión.

La americana de Paul era un homenaje al corte perfecto, perfecta hechura.

Inmaculados; brillo azabache sus zapatos cada mañana. Todas las mañanas.

Se dejaba ayudar.

                            Tenía una chica que limpiaba su apartamento dos días por semana y un tercero le hacía la compra y le planchaba. Nunca las camisas. Ella se dejaba llevar por ese punto de normalidad que el consideraba inaceptable. Así, pues, ella vaciaba el cesto de la plancha  cada jueves (era el día destinado a esta tarea; así constaba en la agenda de Paul) pero… apartaba cuidadosamente y con esmero las camisas, camisas blancas, que Paul plancharía con la precisión de un cirujano siguiendo la línea marcada con su bisturí (afilado como el amanecer)

Pero no lograba Paul planchar las arrugas que asolaban su memoria. Arrugada la piel de su memoria no lograba encajar las piezas que le permitieran seguir adelante.

Se alimentaba su ansiedad cada día de aquel amasijo arrugado de ayeres. Se engordaba su miedo, cada día, de aquel otro nudo arrugado de futuro incierto.

Sintió terror cuando creyó ver  una arruga próxima al cuello de su camisa; su camisa blanca.

          –  Suerte la corbata (pensó Paul). Bastará apretarla un poquito cerca de la arruga.

No supo calcular el esfuerzo.

Apretó demasiado.

                                  Me contaron ayer la historia de Paul, mientras planchaba…

                                                                                                            Eva López Álvarez

los-principales-riesgos-del-exito-para-un-emprendedor

Cuando pedí a la atenta dependienta de la joyería que me diese un reloj que atrasara, sentí cómo me convertía en un ser pequeñito, pequeñito, pequeñito… Me miró con una mezcla de sorpresa, de insolencia, de desconcierto y con un ápice de desprecio…
¡Está completamente loca!!! -gritaban sus ojos, intentando ser lo más neutra posible…mientras su boca, mecánica, preguntaba:
¿Perdone?.
Un reloj que atrase, repetí, esta vez con un matiz de cierta ironía, con esa seguridad retadora; incluso desafiante… No mucho, por favor, pero que atrase. Estaría bien unos minutos al día; alargar algún momento del día (a ser posible a elegir); estirar la goma que hilvana los minutos, que los cose al bajo de nuestros tiempos y nuestros destiempos…
Nuestros relojes no atrasan; tampoco adelantan; maquinaria suiza, señora. Tal vez lo que busque no está aquí. Aquí el tiempo es inviolable; inamovible; certero; aquí los días acontecen en el intervalo de 24 horas acotadas perfectamente por sus 60 minutos…

¡Cuánto lo siento!-le respondí con franqueza… Ni se imagina lo mágico que resulta difuminar los límites del tiempo, emborronar la certeza de que un segundo dura un segundo, de que mañana comenzará a las 00:00 y la seguridad de que hoy (por feliz que haya sido) está comenzando a morir…

Salí de allí sin ninguna noción del Tiempo; no miré el reloj, ni tampoco el móvil delator; solo caminé y medí mi abstracción en pasos, no en minutos y recuperé recuerdos que clasifiqué por la profundidad de la huella que dejaron en mi alma y no por el momento en que acontecieron…


                                                                                                                                                                     Eva López Álvarez

 

reloj

 

 

[…]”los coches aparcados sobre nuestros recuerdos”…
(Joaquín Sabina)

Aparqué hace un ratito, tras varias vueltas sin éxito. Abarrotadas las calles, abarrotadas mis venas, abarrotadas las líneas de mis manos, las líneas de mi agenda.
Necesitaba reponer combustible. Así pues, aparqué…
Dejé mi cuerpo en zona azul. Cuando esa máquina infernal llamada “parquímetro” me pidió la matrícula dudé unos instantes pero improvisé: HLC 2013 (dictaba mi alma “hasta los cojones del año 2013”). Tatuado el tíquet con los datos citados lo posé en la base del parabrisas de mi cuerpo (bajo la axila derecha)
Y me marché; huí un rato. Ahí quedo mi cuerpo…mi alma se alejó caminando; la condensación que provocaba el frío me lo ponía difícil; me arrastraba hacia arriba sin que yo quisiera… mi alma quería caminar a ras de suelo: contemplar desde abajo como los transeúntes del parque metían sus manos en los bolsillos, cómo juegan esas manos dentro de los bolsillos, cómo parecieran escribir mensajes a quién sabe que otra mano que se guareciese del frío en otro bolsillo, distante, lejano.
Quería sentir el calor que emiten las huellas recién nacidas; en el preciso instante en que la suela del zapato se levanta, se aleja. Continúa.
Quería escuchar el susurro ininteligible casi, apenas perceptible que emiten esas bocas que hablan para sí mismas, íntimo consuelo, íntimo consejo. Me posé alrededor de algunas a la espera de una palabra…

No sabría calcular con precisión cuánto rato mi alma viajó libre. Cuando volví el controlador (cabrón) me había multado.

“Boletín de denuncia. Hora de estacionamiento rebasada” decía el papelito…
El susodicho controlador no quería que se escapase la denuncia; así pues la clavó con un palo en medio del pecho. Se veía la inquina en la violencia que dibujó alrededor de la herida.
Fué curiosa la escena…

Suerte que las heridas de carne y piel cicatrizan pronto…

Eva López Álvarez

aparcamiento