Ginebra (capítulo VIII)

 

Su interior estaba lleno a rebosar.

Lágrimas con la paleta cromática de todas las emociones guardadas desde tanto tiempo atrás.

 

Tan lleno estaba que la lágrima que habría de colmar el vaso no llegaba nunca; temerosa, quizás, del torrente incontrolable e inconmensurable que habría de llegar. Liberado, habría de anegar las canaleras que llevaban su sangre de su cabeza a sus pies empujándola a caminar. Liberado, habría de anegar los pulmones que movían su pecho en un instinto visceral por sobrevivir. Liberado, habría de invadir conductos lacrimales creando una catarata de adioses sin dique capaz de controlarlo. Liberado, habría de asolar el manto de su piel, dejando una alfombra de cuero blanquecino y salado.

 

Ginebra lo sabía. Por eso contenía sus lágrimas; como los brazos de una madre que nunca, nunca, jamás sueltan; jamás desatan el nudo invisible que sujeta los brazos de sus hijos.

 

La calle para ella era el mundo entero, ajeno y paralelo al micromundo que había cartografiado y señalizado bajo su dermis. Se sentía extranjera en cada esquina, en cada farola, en cada paso de cebra, en cada tiendecita a la que las necesidades perentorias la conducían cada día: en la panadería activaba el automático y sus labios hablaban mientras su mente se cerraba un poco más. Al cruzar el umbral con su bolsa del pan en la mano se sorprendía a sí misma, incapaz de recordar lo que su boca había pronunciado, segundos atrás, vivos todavía en el minutero.

 

Pero le gustaba observar ese mundo que se conducía en paralelo. Cómo miraban el resto de ojos; cómo caminaban el resto de pies; cómo gesticulaban en resto de manos, improvisado guiñol de guión vivo.

 

La esquina de una callecita estrecha y gris le puso ante los ojos un coche que se movía incierto y lento (como las noches, tan llenas de tantas horas). Se movía hacia ella tan lento como la chica que conducía lloraba. Aquello hizo que su corazón diera un vuelco. Que su sangre y su respiración y su aliento se hiciesen de hormigón. Que sus palabras se aunaran (imán invisible) para lanzar un grito: un grito tal vez sordo, un grito tal vez mudo. Un grito que hubiese sido capaz de frenar un tren de alta velocidad en décimas de segundo.

 

El coche se paró frente a ella.

 

Ginebra le indicó que bajase la ventanilla. Con urgencia. Con esa urgencia del deseo, libre de fronteras, libre de excusas, libre de razones.

 

Con la misma urgencia. Esa urgencia del deseo, libre de fronteras, libre de excusas, libre de razones, la chica de la lágrima incierta y lenta, la chica del coche gris, bajó la ventanilla sin sorpresa, sin preguntas.

 

El epicentro se situó en la comisura de la boca de la chica de la lágrima incierta y lenta, la del coche gris. Cuando su lágrima incierta y lenta alcanzó la comisura de su boca, vértica de sus labios, el caudar contenido bajo la piel de Ginebra se desbordó; se desplomó el umbral; se emborronaron las barreras; rebosó el pantano [cenagoso y con olor a viejo].

 

Ginebra se deshizo. Solo eran lágrimas: lágrimas de color púrpura, grises, negras, verdes; lágrimas azules; lágrimas ligeras, livianas, muy líquidas y lágrimas densas como alquitrán; lágrimas infinitesimales y lágrimas que pesaban; lágrimas con olor a invierno y lágrimas de agostos evaporados a manos de  los silencios. Lágrimas pegadas como las palomitas dulces y lágrimas con sabor a mar y olor a quimera. Lágrimas de mañana y de tarde; de amanecer y de ocaso. Ginebra se deshizo.

 

La chica de la lágrima incierta y lenta bajó del coche gris con su lágrima caminando lenta por su clavícula y se abrazó a Ginebra en un nudo inmenso, un nudo salvaje, un nudo indisoluble.

 

– ¿Por qué lloras? – preguntó la chica de la lágrima incierta y lenta a Ginebra

 

– Porque tengo que llorarlo todo. Porque todas las emociones que caben en mi estómago se tiñeron del color del fracaso y tengo que llorarlas. Todas. La alegría se tiñó del color de la soledad. La ilusión se tiñó del color del abandono. La confianza se tiñó del color del desengaño. El amor se tiñó del color del desamor. Y tengo que llorarlo todo antes de que me ahoge por dentro. Tengo que llorarlo todo, ¿entiendes?

 

Un silencio húmedo y salado les devolvió el aliento.

 

– ¿Y tú por qué lloras? – inquirió Ginebra a la chica de la lágrima incierta y lenta.

 

-Porque no tengo nada que llorar. Porque mi vida es un electroencefalograma plano. Porque no tengo emociones en mi estómago. Porque jamás sentí una alegría que pudiese teñirse de otro color. Porque jamás sentí una ilusión que pudiese desbaratarse. Porque nunca confié en nadie [nadie me ofreció eso tan hermoso]. Porque no tengo ningún amor que llorar. Porque no tengo nada que llorar….¿entiendes?

 

Entiendo – dijo Ginebra.

 

Un silencio húmedo y salado les regaló una emoción que todavía no se había teñido de ningún otro sentimiento: les regaló una suerte de complicidad que les arrancó de cuajo una sonrisa.

 

Deberíamos quedar, de cuando en cuando, a llorarlo todo, a llorar mis nadas. Intercambiaron sus teléfonos y con la última lágrima se despidieron.

 

–  Nos vemos en el próximo llanto…

 

Eva López Álvarez

 

 

llorarlo todo

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Ginebra (capítulo VII)

Ginebra pensó –emoliente café en mano; ventanas con vaho, delatoras de la escarcha reinante en el exterior- que le gustaría ser tecla en una antigua Olivetti o, aunque sonaba menos romántico, tecla de un modernísimo teclado o, sumida en el pragmatismo gris al que la abocaba la realidad a diario, teclita de moderno Smartphone de esos que te hacen creer que las ilusiones caben en un bolsillo…

Tecla. Quisiera ser tecla…

                                          Me tocarían a diario. Me sabría deseada, buscada, necesitada. Parte imprescindible en el camino [angosto tantas veces] a una palabra [necesaria].

Ginebra se iba sintiendo crecientemente excitada imaginando cómo las yemas de los dedos de una mano, que no es sino apéndice ejecutor de un brazo [lo imaginaba decidido], que no es sino pared exterior del pecho que salvaguarda, que no es sino refugio de la tinta líquida [rojo, denso y viscoso] del alma que dicta las palabras que la hacen tangible, se deslizaban con un nuevo erotismo por aquel teclado buscando la letra precisa…

Tecla. Quisiera ser tecla…

                                              Cuando las yemas de los dedos de esa mano se acercasen, dos o tres teclas a la izquierda, una arriba, quizás, sentiría cómo los vértices de la “A” de anhelo se redondeaban deshaciéndose en una “a”  de aleluya; sentiría cómo las curvas de la “B” de brújula se tornaban línea recta, corta como la “b” de bar que para ella era tertulia, confesión expuesta, el alma en bandeja…

Tecla. Quisiera ser tecla…

                                          Rendida al tintineo [música en la partitura de las venas del que escribe] de las letras de metálico mármol (maleables como arcilla virgen) que se iban sometiendo a la voluntad de las palabras que nacían en la mente del dueño de aquellos dedos, aquellos brazos, aquel pecho, aquel alma que acariciaría su contorno y se recrearía en cada milímetro que conformaba la letra que precisaba para escribir aquella palabra que inundaba su espacio, su tiempo…

Se sentía a ratos vocal abierta que gritaba al mundo su vacío.

     Otrora consonante dental que hiciese eterno el umbral de la boca antes de abrirse. O labial, presa de un instante que eterniza un misterio.

Vocal cerrada, como algunas celdas de su memoria…

Tecla.

         Quisiera ser tecla, a la espera de las yemas de sus dedos.

                                                                                                                     Eva López Álvarez

máquina de escribir y la mujer menguante

Ginebra (capítulo VI)

Las manos entumecidas; y los pies profundamente doloridos a causa del frío. Condolido el cuerpo entero. La piel, frágil manta de escarcha.

Continuó andando, pero analizando el terreno; escudriñando cada cafetería desde la acera helada, hasta encontrar una que la llamase, que la invitase a entrar, que, de alguna manera, le contase una historia o quisiera escuchar la suya [esa llena de silencio(s)].

Los ojos de Ginebra se detuvieron en un quiosco; un quiosco de esos que emanan calor, ese calor vivificante, ese calor que abriga el alma, nacido de las páginas de los libros y revistas que custodian sus improvisadas puertecitas. Justo enfrente de él, al otro lado de la acera, había un café sin nombre; le daba exactamente igual que fuese bonito, acogedor, cálido, grande, pequeño, luminoso u oscuro. Todo el calor y toda la luz y todo el cobijo le vendría de aquel quiosco que exhibía poemarios de autores locales y mapas y guías y libros de cocina típica de la región. Se sentó en la barra, en un taburete desde el que contemplaba con todo rigor el frente de aquel quiosco; el escondido mostrador que protegía y salvaguardaba al dependiente de palabras, chuches e ilusiones, que frotaba sus manos junto a un calefactor cuyo calor se hacía tangible en medio del hielo cortante que reinaba en derredor.

El tiempo podría morir aquí, ahora, en este lugar, en este instante. No necesito mas. Apenas oía la voz del camarero que hubo de repetirle varias veces qué deseaba tomar.

– Disculpe – sonrió absorta. Un café solo, por favor. Largo, si es tan amable.

Cada vez se sentía mejor allí; no sólo observaba esos trocitos de las almas que taturaron las revistas, los libros, los manuales… también analizaba cada gesto, cada movimiento delator de los que se acercaban. Podía adivinar mucho de aquellos transeuntes que ralentizaban su paso o se detenían en el quiosco. Por el libro que tocaban, por cómo lo tocaban. Por la revista que habían elegido, por el periódico que se llevaban… Y veía algo suyo en cada uno de ellos.

Del chico del abrigo verde caqui y vaqueros terriblemente atractivos [… volvía a tener sed su piel] se quedaba con su manera de acariciar los libros que le gritaban al mundo (mudo) montones de palabras (llenas, densas, plenas). De la señora forrada en pieles engreídas se quedaba con la sonrisa, sonreía como si la vida y el frío y los lunes no fuesen con ella… Del anciano con sombrero y puro y abrigo de “señor de los de antaño” se quedaba con la amabilidad, esa que se está perdiendo, esa que dice por favor y gracias y abre la puerta y cede el paso… Del niño que tramaba un plan para escapar de su confortable y ultramoderno carrito anti-golpes, anti-frío, anti-vida real se quedaba con la ingenuidad intacta y la batería de los sueños por cumplir cargada al 100%.

Cuántas huellas dejamos sin darnos cuenta – pensaba mientras daba vueltas a la cucharilla para deshacer el azúcar de su café largo (como los días, como las noches). Las huellas que dejan tus ojos, las huellas que dejan tus pasos, las huellas que dejan tus gestos…

Reparó entonces en la barra sobre la que reposaban sus brazos. Estaba imprimiendo sobre ella otras tantas de esas huellas imborrables.

Andaría sobre esa barra; ahora mismo. Dándome igual cuanto piensen de mí. Dejaría en esta barra parte de lo que mis pasos [infructíferos] buscan. Caminaría con la cadencia del tiempo atada a las pulseras de los zapatos que cercan mis tobillos, como marcando un umbral [ojalá alguien se saltase esa norma y trepase umbral arriba…]. Pisaría con la certeza inequívoca que cantan los tacones [afilados como el mañana]. Giraría sobre sí misma y dibujaría [polvo mezclado con caucho] unos pasos de baile que habrían de contarle cosas al oído al que mañana ocupase ese taburete. Se dejaría vivir allí… arrastrada por los brazos de otras huellas que anduvieron antes por allí.

Se dejaría vivir…

                            – ¿Le sirvo algo más, señora? – inquirió el camarero…

Ginebra comprendió que debía llevar mucho tiempo allí para consumir tan solo un café…

                            – No gracias… ¿Me cobra, por favor?.

Mientras el camarero se alejaba en busca del cambio no se resistió y escribió en la barra [podría olvidar las llaves de casa, cualquier cosa pero jamás un bolígrafo] […]” me dejaría vivir… aquí”.

                                                                                                                                                    Eva López Álvarez

Ginebra VI

Ginebra (capítulo V)

 

Ginebra (capítulo V)

 

 

El amanecer y el otoño sorprendieron simúltaneamente a Ginebra;

                                    del mismo modo que la noche [cobijo] y el verano la habían abandonado.

 

Un montoncito de hojas [amarillo cartón, virgen de palabras] se posaron alrededor de sus tobillos, creando una especie de círculo que cercaba sus pasos [aquelarre de fantasmas con nombres de olvido].

La mañana olía a calor desarraigado y sabía a invernadero [fábrica de mentiras e imitaciones]. Los minutos, llenos de horas, huecos de instantes vivos, atraían feroces la tarde, asolada de prematuro invierno.

Así, con los ojos ateridos de agosto corrió a casa y se vistió de literatura; ésa que susurraba tibieza a su aliento helado.

 

Puso un papelito tatuado con magia en el bolsillo interior de su americana; el conjuro se recitaba así:  “Si alguna vez la vida te maltrata / acuérdate de mí, / que no puede cansarse de esperar / aquel que no se cansa de mirarte”. (LUIS GARCÍA MONTERO).

 

A Ginebra le sobraban bolsillos, como le sobraban sueños. Rescató otro trocito de papel, liviano, con jirones de lo que un día fueron flores y que, al trasluz, le contaban historias [tan distintas, cada día]; éste le arrullaba:  “Llorar a lágrima viva, llorar a chorros…Llorarlo todo, pero llorarlo bien. (…) Llorar de amor, de hastío, de alegría…” (OLIVERIO GIRONDO) y fué a parar al bolsillo derecho de su pantalón.

 

Otro bolsillo – se dijo y rebuscó aquellos cartoncitos que atesoraba entre las páginas de sus libros favoritos; esos que se archivaban en su memoria y que se resumían en su alma. Encontró: “Lo que me gusta de tu boca es la lengua. Lo que me gusta de tu lengua es la palabra.” (JULIO CORTÁZAR)

 

Mas bolsillos, mas encantamientos:

“Las personas felices no tienen historia” (SIMONE DE BEAUVOIR) – no pudo evitar sonreir con esa certeza de alquitrán que solo reconocen algunos. “Quiero llorar porque me da la gana” (FEDERICO GARCÍA LORCA)… – yo también, suspiró.

 

En lo que dura un beso estuvo vestida de palabras y eligió varios destinos;

 

con paso firme se dirigió a donde los tentáculos de asfalto, huídos de la ciudad se enredan con los caminos que agonizan cuando la tierra enmudece de chicharras y pájaros. Allí, donde tomamos conciencia de que la luz viaja dentro de un cable como la voz que parte de mi teléfono para terminar en tu alma. Miró los postes gigantes que soportan esos cables y pensó [delirante, lo sabía] dejar un poquito de su particular vestimenta en alguno de ellos, en dos lo suficientemente distantes como para soñar que transportasen el mensaje de un desencanto a otro, lejano. Remoto.

 

A continuación se dirigió al puente que contempla impertérrito las salidas y entradas de trenes [un día viajaré en tren; uno de esos viajes largos; dormiré en un tren; dejaré un poco de mis ojos en cada ventanilla, en cada recodo, en cada rincón del paisaje]. Alli recordó su primer cigarrillo y se sintió marear de nuevo. La velocidad tangible, el suelo inestable, el humo invasor. Calculó; arrojó el contenido de uno de sus bolsillos al tren; no supo dónde se enredó. Solo le importaba dónde llegaría, quién se vestiría en otro lugar, en otro tiempo, con ese fragmento suyo.

 

Por último se fué a la biblioteca; recorrió los pasillos dejando esferas de relojes muertos a cada paso. Vació sus bolsillos entre las páginas de algunos ejemplares, únicos como especie en extinción. Aquel que escogiese alguno de aquellos libros se llevaría, seguro, una sorpresa de esas que te aferran al azar como mantra existencial.

 

Se sintió desnuda; y feliz. Aturdida por una suerte de lejana intimidad.

 

 

Eva López Álvarez

 

Ginebra V

Ginebra (capítulo IV)

Ginebra cogió [guiada por un impulso irrefrenable] una de sus olvidadas barras de labios.

Rojo.

Puro rojo.

Sangre. Vísceras. Deseo.

Se acercó al espejo cuanto pudo para delimitar con quirúrjica precisión la línea exacta de su boca que vestiría de ese deseo ingente, henchido de tiempo, de soledad, de rabia.

Pensó que pintaría su boca [desdibujada de amores, de amantes, de besos, de la senda viva que deja un dedo cuando la recorre] a modo de símbolo; sería un reclamo para esas caricias urgentes en su alma.

 

Ese pensamiento frunció su ceño y su ánimo.

Tomó perspectiva y echó un paso atrás. La distancia le recordó que, quizás, no era su boca la que ansiaba un gesto, un mimo, un beso; otra boca.

Convertiría, pues, la barra de labios en marcador fluorescente de aquellas zonas que clamaban a gritos en su cuerpo una huella.

Sus ojos se recrearon primero en sí mismos; recorrieron [con gran desconocimiento para su sorpresa] su contorno; almendrado y rodeado de incipientes arrugas escritas con el abecedario de las decepciones. Sus pestañas; las pupilas [orbe de sus percepciones]

Continuaron su viaje por los labios que dejó sin pintar; tensos; no tan curvilíneos como el camino que conducía a su vientre.

Desnudo.

Miraba la barra de labios y contemplaba su clavícula; prominente [pareciera recipiente, cubículo para sus lágrimas, tal vez, derramadas sin ton ni son tantas veces]

Su pecho; pequeño. Vértice angosto de su vientre, redondo.

El cuello; olvidado. Sin escribir.

¿Qué parte de su cuerpo era la que anhelaba que la tocasen, que la recorriesen, que la acariciasen; que la trajesen al presente a golpe de carne y piel?

Triste.

Desolada.

Sabiéndose más abandonada que nunca, Ginebra dejó la barra de labios en el estante del baño, inmaculado.

No encontró el modo de pintar la boca de su alma de rojo.

 

¿Qué clase de amante besaría el vacío que dejaron sus noches en blanco?

¿Su memoria?

¿Cómo se acaricia un recuerdo?

¿Cómo se toca la soledad?

¿Cómo se abrazan las ausencias, se acurrucan los fracasos?

 

¿Cómo se besa el vacío?

 

 

Eva López Álvarez

GINEBRA IV

Ginebra [anécdotas…]

 

Cuando un cuerpo muere

                                      – en extrañas circunstancias,

se le practica una autopsia – pensaba Ginebra, ausente.


Se desmonta el mecano del cuerpo;

                                                     vísceras a un lado,

                                                     la sangre [macabro estanque];

                                                     de otro lado la piel, 

                                                                                  rota al filo decidido del acero atroz.


Rebuscan – manos expertas – la pieza que se detuvo.

Estudian – mentes expertas – por qué se detuvo.

Se apuntan las incidencias en un papel muerto que firman – de nuevo – manos expertas.

 

Y un cuerpo que fué hermoso, que se enredó otras manos, en otros pasos,  que se estremeció cuando sentía encoger su estómago   – esclavo de unos ojos -, que luchó contra los minutos que se aferran [impíos] a cada milímetro cúbico de piel… que fué perfecta maquinaria yace sobre una suerte de pila de fregar gigante deshecho de respuestas que llegan tarde.


Cuando una emoción muere 

                                          – en extrañas circunstancias,

no hay bisturí – ni expertas manos –  capaces de diseccionar el cadáver de tu risa;

                                                                                               el occiso de tus besos… – pensaba Ginebra.

 

 

Eva López Álvarez

 

autopsia

Ginebra III

Esta segunda vez Ginebra aspiró el humo con la convicción del que ya no tiene nada que perder.

Aspiró hasta ser solo una especie de esponja inundada de humo; hasta quedar vacía de oxígeno. Cuando saboreó la asfixia y supo controlarla soltó aquel humo para entonces yermo; como un barco que suelta las amarras que lo mantienen encallado a puerto.

 

Fue justo en ese punto, entre calada y calada, cuando decidió que, desnuda su alma como estaba, lo mejor sería llenar su cuerpo. De sensaciones. Olvidadas.

 

Buscaría un amante.

 

Sería mucho más fácil (se dijo a sí misma) llenar los rincones de su piel, los recodos de su cuerpo, las esquinas de sus deseos, que arropar su alma recién lavada.

 

Corrió al espejo y dejó caer, con premura infantil, la bata de estar por casa que hacía largo tiempo la acompañaba en sus despertares robando toda posible improvisación a la mañana. Ciñó el pijama a su cuerpo y se contempló como hacía años, como cuando analizaba cada cambio adolescente que el tiempo, entonces lento, quería regalarle.

 

Sin un atisbo siquiera de consciencia dejó caer los pantalones invadidos de ositos, gatitos y conejitos (¿por qué todos los pijamas vienen decorados con esta clase de fauna?) quedando sus piernas expuestas, vírgenes de nuevos pasos por dar…

 

Sin apartar sus ojos de ellas dio algunos pasos, primero torpes, limitados, desmañados… luego largos, osados, audaces, insolentes…; estiraba las puntas de sus pies como si fuese una bailarina y giraba sobre sí misma contemplando la definida silueta (mucho más hermosa de lo que recordaba) de su tobillo, sus definidos gemelos, su rodilla [redonda y delgada a la vez]; se detuvo en su muslo [frontera del deseo] sabiendo que la rendición era inminente.

 

Uno de aquellos improvisados pasos de baile la condujo de nuevo al espejo [provocador] frente al que se arrancó impaciente la camiseta del pijama (con idénticas bolitas y animalitos del pantalón, cómplices de noches blancas y amaneceres grises).

 

Un rubor olvidado hacía tiempo tiñó sus mejillas de un rojo carmesí y vivo y un cosquilleo enterrado recorrió su espina dorsal y se posó en su estómago. No había marcha atrás; mientras decidía cómo habría de poblar su alma, un amante le susurraría cada día a sus manos, a sus pies, a su espalda y a su cuello que estaban vivos; tatuaría su piel de versos que rescatasen del vacío cada uno de sus poros.

 

¡¡¡¡¡Capaz de sentir!!! – sonrió…

 

                                                                                                                                 Eva López Álvarez

 

ginebra 2