Ama o sumisa…

Y todo sucede…a pesar de todo…

Da igual cuanto hormigón se esté solidificando alrededor de tus pasos; respiras… Se ensanchan tus pulmones y este juego de aires viciados de hastío y aires de aliento virgen te invade.
Te somete.
Y te conviertes en juguete sexual de la vida que te obliga a respirar; aun cuando no quieres. Y tu, esclavo, le rindes tributo sin saber muy bien cuál es el límite entre placer y dolor; y descubres, un día, que incluso al dolor subyace un placer inmenso.
Aprendes a respirar de otro modo. Te duele el aire que inspiras [azote salvaje en tus pies atados de realidad]; pero el placer de estar vivo asoma; y tu piel sigue sintiendo.

Y todo sucede…a pesar de todo…

Como la hiedra [verde de vida exhultante] parida en medio del cemento [gris de materia interte; yermo].

Me quedé largo rato en la acera contemplando la escena [foto tomada esta mañana; mientras respiraba; sumisa]. La miraba absorta: la hiedra no sólo respiraba; RETABA; DESAFIABA; se mostraba verde; se mostraba turgente; se mostraba fuerte; se mostraba fértil en medio de la nada.

Sentí entonces mi respiración distinta; me concentré en controlar el dolor subyacente a mi respiración sumisa; me concentré en el atisbo de placer. Y sonreí: una sonrisa diáfana, expuesta, abierta… Como la hiedra…

Ahora era yo la que RETABA; DESAFIABA: puesto que habría de seguir respirando decidí ser AMA en vez de SUMISA: tengo encadenada a esta puta vida: no caeré en el sadismo… sólo quiero que le duela respirar mientras yo sonrío…

Eva López Álvarez

Imagen

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Vaciar el alma.

Con una cucharita de esas tan cóncavas como el dolor; las que exhiben las cubas de las heladerías. Acostumbran a ponerla en un cacharrito con agua; agua que arrastre el color [o el dolor, quién sabe].

Vaciar un trocito del alma que me sabe a chocolate [memoria de junios de infancia]; y bañar la cucharita cóncava que me arrancó un pedacito de ayeres efímeros como el polvo marrón (cacao), en cristalina agua [incolora como el futuro; inodora como el presente; insípida como los relojes].

Vaciar otro pedacito de mi alma; el que se tiñe de rosa [primera fresa que adelanta jirones de un mayo que aún no existe a los días de febrero; helados como las astillas del desprecio]… envoltorio mentiroso a ratos; la dicha más absoluta en esos segundos que pegas a las suelas de tus zapatos para cuando sientas que no puedes caminar porque no hay mas pasos por andar.

Vaciar el cachito de alma sin más color que el blanco inmaculado [como la nube en que acuño mis sueños]; el cachito que sabe a nata y me regala [mágica, todopoderosa memoria] el fotograma en perfecto color de la nata Galupe que remataba las comidas de los sábados cuando niña; cuando mis preocupaciones cabían todas en la mochila del cole …

Vaciar el alma.

Reposar la cucharita, cóncava como el dolor, reposarla en el agua que fue transparente [sucio arcoíris de ayeres entremezclados, hoy].

Eva López Álvarez

vaciar alma

No es matar el tiempo… Matar el tiempo es tedio; es disfrazar el aburrimiento, la abulia, la ataraxia salvaje que mata tus tripas [las que sienten].

ES… ES… Es cuando el tiempo muere…Se extingue; porque nada importa mas allá. Mas allá de ese abrazo. Ese abrazo a mi piel muerta con la piel que envuelve tu alma. Ese ángulo perfecto en que mi cabeza encaja en tu cuello; esa tangente perfecta que es la línea recta de tus manos [une directamente tu alma con la mía] con mi cuello desnudo [une mi razón y mi concupiscencia, dejando el ángulo muerto que gradúan las realidades].
Nada importa más allá. Mas allá de esa proximidad que emborrona la frontera de tu tibia y la funde con la mía. Esa proximidad que quema como la ceniza y arrasa distancias como el fuego. Esa cercanía que nubla; esa cercanía en que se huele el alma y ya no hay cuerpo ni hay carne; esa cercanía que excita el epicentro de lo que eres cuando no eres piel.

No es matar el tiempo… Matar el tiempo es costumbre; es cuando los lunes acontecen en sábado; cuando septiembre no huele a mazorca y a lumbre sino a enero gélido y blanco… Matar el tiempo es cuando los versos de amor se estudian bajo amenaza de suspenso, que no se cobran vida en tus vísceras (segunda estrella a la derecha de tus noches)

Es… es cuando el tiempo muere… Se extingue; porque nada importa mas allá.

Eva López Álvarez

 

 

 

Que no te quede una sola palabra por decir[me]
[por susurrar al oído
por gritar a los cuatro vientos]
que nada ponga freno a un verso…
que jamás se enrede en el olvido
que no lo engullan los silencios.

Que no se enquiste una sola palabra en la comisura de la boca,
que no te atragante al son de las campanadas que anuncian otro enero
[un nuevo principio]

Regala[me] las que te sobran,
lánzalas: metralla emocional;
déjate volar
suelta las amarras implacables de la palabra que te pesa en el alma…

Eva López Álvarez

 

mis-palabras

 

 

 

Sin nada que soñar;

                      sin nada que sudar

                                           [rendidas las palabras].

 

Seca la savia

       rotas las venas

              madera en el alma

                       óxido en las puntas de los dedos

                               invierno en la colcha

                                                      [desnuda de arrugas]

                               vapor de hielo en los cristales

                                                       [invierno en la estancia].

 

 

Espaldas frente a frente

                            [duelo de silencios]

               ayeres punzantes enredados a los pies de la cama.

 

Huellas de otoños estancos

mariposas exiliadas del estómago;

 

nudos huérfanos de un extremo

                                     [huído de la mano de promesas que suenan a cantos de sirena]

 

 

                                                                                       Eva López Álvarez

 

hojas

 

Ginebra (capítulo VII)

Ginebra pensó –emoliente café en mano; ventanas con vaho, delatoras de la escarcha reinante en el exterior- que le gustaría ser tecla en una antigua Olivetti o, aunque sonaba menos romántico, tecla de un modernísimo teclado o, sumida en el pragmatismo gris al que la abocaba la realidad a diario, teclita de moderno Smartphone de esos que te hacen creer que las ilusiones caben en un bolsillo…

Tecla. Quisiera ser tecla…

                                          Me tocarían a diario. Me sabría deseada, buscada, necesitada. Parte imprescindible en el camino [angosto tantas veces] a una palabra [necesaria].

Ginebra se iba sintiendo crecientemente excitada imaginando cómo las yemas de los dedos de una mano, que no es sino apéndice ejecutor de un brazo [lo imaginaba decidido], que no es sino pared exterior del pecho que salvaguarda, que no es sino refugio de la tinta líquida [rojo, denso y viscoso] del alma que dicta las palabras que la hacen tangible, se deslizaban con un nuevo erotismo por aquel teclado buscando la letra precisa…

Tecla. Quisiera ser tecla…

                                              Cuando las yemas de los dedos de esa mano se acercasen, dos o tres teclas a la izquierda, una arriba, quizás, sentiría cómo los vértices de la “A” de anhelo se redondeaban deshaciéndose en una “a”  de aleluya; sentiría cómo las curvas de la “B” de brújula se tornaban línea recta, corta como la “b” de bar que para ella era tertulia, confesión expuesta, el alma en bandeja…

Tecla. Quisiera ser tecla…

                                          Rendida al tintineo [música en la partitura de las venas del que escribe] de las letras de metálico mármol (maleables como arcilla virgen) que se iban sometiendo a la voluntad de las palabras que nacían en la mente del dueño de aquellos dedos, aquellos brazos, aquel pecho, aquel alma que acariciaría su contorno y se recrearía en cada milímetro que conformaba la letra que precisaba para escribir aquella palabra que inundaba su espacio, su tiempo…

Se sentía a ratos vocal abierta que gritaba al mundo su vacío.

     Otrora consonante dental que hiciese eterno el umbral de la boca antes de abrirse. O labial, presa de un instante que eterniza un misterio.

Vocal cerrada, como algunas celdas de su memoria…

Tecla.

         Quisiera ser tecla, a la espera de las yemas de sus dedos.

                                                                                                                     Eva López Álvarez

máquina de escribir y la mujer menguante

Ginebra (capítulo IV)

Ginebra cogió [guiada por un impulso irrefrenable] una de sus olvidadas barras de labios.

Rojo.

Puro rojo.

Sangre. Vísceras. Deseo.

Se acercó al espejo cuanto pudo para delimitar con quirúrjica precisión la línea exacta de su boca que vestiría de ese deseo ingente, henchido de tiempo, de soledad, de rabia.

Pensó que pintaría su boca [desdibujada de amores, de amantes, de besos, de la senda viva que deja un dedo cuando la recorre] a modo de símbolo; sería un reclamo para esas caricias urgentes en su alma.

 

Ese pensamiento frunció su ceño y su ánimo.

Tomó perspectiva y echó un paso atrás. La distancia le recordó que, quizás, no era su boca la que ansiaba un gesto, un mimo, un beso; otra boca.

Convertiría, pues, la barra de labios en marcador fluorescente de aquellas zonas que clamaban a gritos en su cuerpo una huella.

Sus ojos se recrearon primero en sí mismos; recorrieron [con gran desconocimiento para su sorpresa] su contorno; almendrado y rodeado de incipientes arrugas escritas con el abecedario de las decepciones. Sus pestañas; las pupilas [orbe de sus percepciones]

Continuaron su viaje por los labios que dejó sin pintar; tensos; no tan curvilíneos como el camino que conducía a su vientre.

Desnudo.

Miraba la barra de labios y contemplaba su clavícula; prominente [pareciera recipiente, cubículo para sus lágrimas, tal vez, derramadas sin ton ni son tantas veces]

Su pecho; pequeño. Vértice angosto de su vientre, redondo.

El cuello; olvidado. Sin escribir.

¿Qué parte de su cuerpo era la que anhelaba que la tocasen, que la recorriesen, que la acariciasen; que la trajesen al presente a golpe de carne y piel?

Triste.

Desolada.

Sabiéndose más abandonada que nunca, Ginebra dejó la barra de labios en el estante del baño, inmaculado.

No encontró el modo de pintar la boca de su alma de rojo.

 

¿Qué clase de amante besaría el vacío que dejaron sus noches en blanco?

¿Su memoria?

¿Cómo se acaricia un recuerdo?

¿Cómo se toca la soledad?

¿Cómo se abrazan las ausencias, se acurrucan los fracasos?

 

¿Cómo se besa el vacío?

 

 

Eva López Álvarez

GINEBRA IV