Bésame bajo la piel;

hazle el amor a mi llanto;

susúrrale a mis silencios…

 

Hay tormenta en mis entrañas.

 

Lluéveme,

amor,

que estoy seca…

 

Eva López Álvarez

 

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Un día.

           Uno cualquiera.

                                    No huele distinto. No sabe distinto. No tiene un color distinto.

Solo es un día.

                      Uno cualquiera.

                                              Uno mas.

Te rompen el amor; a la cara…

                                                        Te escupe el presente las promesas que el pasado tatuó en futuro en tu piel.

Y descubres,

                     entonces,

                                     solo entonces,

                                                                los arrabales de tu alma.

Anexos;  alejados de esas calles por las que solías transitar dentro de ti. Las emociones a las que acostumbrabas. Las palabras en las que te reconocías. Descubres un apéndice de ese alma tuya, muerta, en que resuenan palabras lejanas  que parecieran acariciar tu silencio en ruinas. Los restos del naufragio, ese naufragio, en que solo hubo un superviviente; pero no fuiste tú.

Los arrabales de tu alma…

Llueve en las afueras de mi alma. Lo hermoso es descubrir que todavía puede sentir. Cada gota.

        Caudal vivo en tus arterias olvidadas….

                                                                                                                                    Eva López Álvarez

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Cuento de Navidad…

Alrededor de los ojos de la madre el tiempo había dibujado ya tantos surcos como caminos se abrían a la que, hasta hacía un instante, era una niña; su niña.

Todos los años diciembre olía a frío extinto a manos de estufas que significan hogar, de braseros redondos como el mundo que convierten una mesa camilla en un universo, de misericordiosos radiadores que emanan calor como por arte de birlibirloque;

y todos los años traía diciembre ese saquito de preguntas cargadas de futuro paridas de la necesidad [avidez] por saber de aquella cría vestida de varitas mágicas.

Aquel año diciembre llegó con un color distinto; un aroma diferente; un frío que no terminaba de extinguirse, de ahogarse, de rendirse al brasero, ni a la estufa, ni a la lumbre mágica de la chimenea, ni al radiador…

Le pesaban aquellas líneas de expresión que fueron un día y que hoy eran auténticos caballones donde acequias de lágrimas acamparon durante años. Su niña era la que hoy la miraba sabiendo que, de un momento a otro, aquella mujer, la MADRE, SU madre, rompería el cómodo silencio con una pregunta; y su intuición le decía que aquella pregunta era la que durante muchos años ella planteaba cada diciembre.

Uno tras otro.

Todos.

La que fue niña hacía tiempo se recordaba a sí misma preguntando impaciente:

– Mamá, ¿en qué se nota que es Navidad?

Y recordaba cómo se impacientaban sus manos si una respuesta satisfactoria tardaba mas de esa eternidad infantil que ocupa un segundo.

– Mamá, ¿qué es la Navidad? – preguntaba mientras sus ojos se quedaban, literalmente, pegados en los adornos de la Plaza Mayor.

– Mamá, ¿somos distintos en Navidad?. ¿Por qué todo el mundo se sonríe, incluso los que el día de antes se miraban como enfadados entre ellos; enfadados con el mundo??

Se deshacían las calles a su paso mientras la que ayer era una  cría se sentía un poco madre de la madre. Y, la que fue niña hacía tiempo, comenzaba a inquietarse [como lo hacía su madre tiempo atrás, cada diciembre entrante] porque sabía, SABÍA, que no bastaba cualquier respuesta.

Todo se detuvo entonces. La que fue niña hacía tiempo alimentaba su sonrisa de las lágrimas que no podían brotarle buscando la respuesta a la incipiente pregunta [los ojos de la madre estaban preñados de aquella pregunta sempiterna vestida de diciembre].

Suspiró; siguió sonriendo con esa ternura inconfundible de las lágrimas mudas…El tiempo – se dijo a sí misma…

El tiempo arranca la semántica a la palabra madre – lloraba en silencio, mientras le sonreía a la madre. El tiempo vacía un poco las almas de sus recuerdos cuando pesan demasiado. El tiempo ralentiza la sangre. El tiempo es una burbuja inmensa que se cuela por entre la tela de araña de dendritas y axones que perdieron la brújula un instante atrás.

Pareciera que un resorte secreto, escondido en las calles vestidas de fiesta, activó de nuevo los pies de la madre. Avanzaban sus manos y aumentaba la presión de la mano de la madre en el brazo que la sustentaba, el brazo de la que ayer era una cría, su niña.

– Hija…

Y se detuvo el mundo entero. Se intercambiaron los polos. Se hizo de noche bajo su piel.

– Hija… ¿Qué es la Navidad?

Y el mundo seguía quieto.  Anegados de tristeza océanos y mares. Secos de pena sus ojos.

La presión en su brazo aumentaba insaciable de respuestas. La que ayer era una niña, su niña, veía en los ojos de la madre su propia impaciencia, su propia necesidad de saber, su propia necesidad de escuchar la palabra justa….

– Hija… ¿Qué es la Navidad?

Duelen las lágrimas cuando brotan adentro. Escuecen a su paso el reverso de la piel. Cuando amas con lo mas profundo del alma lloras hacia dentro. Para no herir a los que quieres. Pero cada lágrima deja una quemadura certera y atroz por dentro. Un libro infinito de tristezas la piel llorada  en silencio.

– Mamá; mama!!!. Mami!!! la Navidad es…

Tiempo quieto.

Tiempo inmóvil.

Tiempo estanco.

Acurrucada la eternidad en la palma de la mano.

Y los ojos de su madre, vacíos de la semántica de madre, espejos de una niñez emborronada.

– Mamá; mama!!!. Mami!!! la Navidad es… La Navidad es una mentira, mamá.

La madre pareció sumirse en una tristeza inesperada.

– Mamá, espera, escúchame!! Es LA MENTIRA que solo es capaz de inventar una madre, tú mamá, para explicar lo inexplicable, mamá. Es la mentira de tu sonrisa año tras año que alimentaba mi dicha, mi ilusión, mi fé, mi confianza. Es el amor que subyace a esa mentira, mamá.

La Navidad es el amor que encerraba tu mentira cada año. El amor inmenso que se tragaba las realidades para alimentar quimeras. El sacrificio que subyace a esa mentira, mamá.

Una chispa unió los puntos cardinales de aquel amasijo de dendritas y axones que perdieron su brújula. Y recordó, lo que dura una mentira, tantas navidades de color carmín; soterrada ceniza.

– Eso es la Navidad, hija. Gracias. Te mentiría mil veces mas, ¿sabes?

La música omnipresente volvió a difuminar aquellos puntos cardinales. Los ojos se apagaron de nuevo. La última lágrima escoció mas que ninguna.

Continuaron su paseo; la madre y la que hace años fué su niña. Eso era la navidad….

Eva López Álvarez

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Ginebra (capítulo VIII)

 

Su interior estaba lleno a rebosar.

Lágrimas con la paleta cromática de todas las emociones guardadas desde tanto tiempo atrás.

 

Tan lleno estaba que la lágrima que habría de colmar el vaso no llegaba nunca; temerosa, quizás, del torrente incontrolable e inconmensurable que habría de llegar. Liberado, habría de anegar las canaleras que llevaban su sangre de su cabeza a sus pies empujándola a caminar. Liberado, habría de anegar los pulmones que movían su pecho en un instinto visceral por sobrevivir. Liberado, habría de invadir conductos lacrimales creando una catarata de adioses sin dique capaz de controlarlo. Liberado, habría de asolar el manto de su piel, dejando una alfombra de cuero blanquecino y salado.

 

Ginebra lo sabía. Por eso contenía sus lágrimas; como los brazos de una madre que nunca, nunca, jamás sueltan; jamás desatan el nudo invisible que sujeta los brazos de sus hijos.

 

La calle para ella era el mundo entero, ajeno y paralelo al micromundo que había cartografiado y señalizado bajo su dermis. Se sentía extranjera en cada esquina, en cada farola, en cada paso de cebra, en cada tiendecita a la que las necesidades perentorias la conducían cada día: en la panadería activaba el automático y sus labios hablaban mientras su mente se cerraba un poco más. Al cruzar el umbral con su bolsa del pan en la mano se sorprendía a sí misma, incapaz de recordar lo que su boca había pronunciado, segundos atrás, vivos todavía en el minutero.

 

Pero le gustaba observar ese mundo que se conducía en paralelo. Cómo miraban el resto de ojos; cómo caminaban el resto de pies; cómo gesticulaban en resto de manos, improvisado guiñol de guión vivo.

 

La esquina de una callecita estrecha y gris le puso ante los ojos un coche que se movía incierto y lento (como las noches, tan llenas de tantas horas). Se movía hacia ella tan lento como la chica que conducía lloraba. Aquello hizo que su corazón diera un vuelco. Que su sangre y su respiración y su aliento se hiciesen de hormigón. Que sus palabras se aunaran (imán invisible) para lanzar un grito: un grito tal vez sordo, un grito tal vez mudo. Un grito que hubiese sido capaz de frenar un tren de alta velocidad en décimas de segundo.

 

El coche se paró frente a ella.

 

Ginebra le indicó que bajase la ventanilla. Con urgencia. Con esa urgencia del deseo, libre de fronteras, libre de excusas, libre de razones.

 

Con la misma urgencia. Esa urgencia del deseo, libre de fronteras, libre de excusas, libre de razones, la chica de la lágrima incierta y lenta, la chica del coche gris, bajó la ventanilla sin sorpresa, sin preguntas.

 

El epicentro se situó en la comisura de la boca de la chica de la lágrima incierta y lenta, la del coche gris. Cuando su lágrima incierta y lenta alcanzó la comisura de su boca, vértica de sus labios, el caudar contenido bajo la piel de Ginebra se desbordó; se desplomó el umbral; se emborronaron las barreras; rebosó el pantano [cenagoso y con olor a viejo].

 

Ginebra se deshizo. Solo eran lágrimas: lágrimas de color púrpura, grises, negras, verdes; lágrimas azules; lágrimas ligeras, livianas, muy líquidas y lágrimas densas como alquitrán; lágrimas infinitesimales y lágrimas que pesaban; lágrimas con olor a invierno y lágrimas de agostos evaporados a manos de  los silencios. Lágrimas pegadas como las palomitas dulces y lágrimas con sabor a mar y olor a quimera. Lágrimas de mañana y de tarde; de amanecer y de ocaso. Ginebra se deshizo.

 

La chica de la lágrima incierta y lenta bajó del coche gris con su lágrima caminando lenta por su clavícula y se abrazó a Ginebra en un nudo inmenso, un nudo salvaje, un nudo indisoluble.

 

– ¿Por qué lloras? – preguntó la chica de la lágrima incierta y lenta a Ginebra

 

– Porque tengo que llorarlo todo. Porque todas las emociones que caben en mi estómago se tiñeron del color del fracaso y tengo que llorarlas. Todas. La alegría se tiñó del color de la soledad. La ilusión se tiñó del color del abandono. La confianza se tiñó del color del desengaño. El amor se tiñó del color del desamor. Y tengo que llorarlo todo antes de que me ahoge por dentro. Tengo que llorarlo todo, ¿entiendes?

 

Un silencio húmedo y salado les devolvió el aliento.

 

– ¿Y tú por qué lloras? – inquirió Ginebra a la chica de la lágrima incierta y lenta.

 

-Porque no tengo nada que llorar. Porque mi vida es un electroencefalograma plano. Porque no tengo emociones en mi estómago. Porque jamás sentí una alegría que pudiese teñirse de otro color. Porque jamás sentí una ilusión que pudiese desbaratarse. Porque nunca confié en nadie [nadie me ofreció eso tan hermoso]. Porque no tengo ningún amor que llorar. Porque no tengo nada que llorar….¿entiendes?

 

Entiendo – dijo Ginebra.

 

Un silencio húmedo y salado les regaló una emoción que todavía no se había teñido de ningún otro sentimiento: les regaló una suerte de complicidad que les arrancó de cuajo una sonrisa.

 

Deberíamos quedar, de cuando en cuando, a llorarlo todo, a llorar mis nadas. Intercambiaron sus teléfonos y con la última lágrima se despidieron.

 

–  Nos vemos en el próximo llanto…

 

Eva López Álvarez

 

 

llorarlo todo

 

Toda la vida cabe en un segundo.
Empápame el alma, amor, de todo el aliento que cabe en este segundo;

de todo el amor que cabe en ese segundo;

del tiempo quieto que cabe en este segundo; eterno.

Empápame la piel, amor, de todo el tacto que cabe en este segundo; de todo el deseo, urgente, que cabe en este segundo.

Empápame los silencios, amor, de todas las palabras que caben en este segundo;

de todos los versos que caben en este segundo.

Empápame los ayeres; destierra los mañanas en este segundo que ya muere, amor.

Eva López Álvarez

 

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