Puedes ver atardecer en un libro; sumergirte en la página 97 [por ejemplo] que describe uno de esos atardeceres que te mudan la piel, que te desgastan las ganas porque te dejan exhausto.

                                                                                                    Las letras de tu nombre se barajan aleatoriamente con las del libro, y dejas de ser tu; te dejas invadir por otras letras, te dejas llamar por otro nombre; te dejas arrastrar por los colores vestidos de ocaso, que también pierden su nombre y mudan su piel al atardecer desgranado en esa hoja, viva de tantas vidas, un poco muerta de ti.

 

Entonces,

             solo entonces,

todo es posible y puedes dejar que el atardecer te arrastre al reverso de tu piel y descubras que el rojo incierto de tu carne es el sol que agoniza; que el azul que inundaba el cielo se vuelve morado; ese morado vivo que se cubre de infinitos matices [desde mortecino verde hasta púrpura llorón], como el hematoma que te reclama acuciante en otro rincón de piel;  pareciese el cielo equimosis inmensa, metáfora viva del infinito herido por la despedida del día…

 

                                          Suerte que una bruma de grises [humo que exhala tu boca urgente] regala a tu retina una luna incipiente, que abre el telón de tus sueños, que pareciera cubrir de algodón tus heridas, que levanta la persiana al after de tu alma,

                                                alud de deseos por cumplir

                                                                              [eterna lista,

                                                                                               la de tareas pendientes]

 

Eva López Álvarez

 

Atardecer-sobre-la-ciudad-a18771799

 

 

Anuncios