Pisar sin dejar huella alguna;

                      como llenar el alma de aire

                                            [todavía más hueca cuando expiras]

 

Andar sin que nadie te vea;

                      como tener que mirarte al espejo para encontrar unos ojos que te miren…

 

Responderte tu mismo las preguntas;

                    escupirte tu mismo a la cara los chorros punzantes de realidad…

 

Cubrirte la piel invisible,

              mecer tu propio desvelo,

              hablarte en voz alta para romper el silencio invasor,

              reescribir tu memoria para no morir en el intento.

 

                                                                                           Eva López Álvarez

 

Imagen

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Paul planchaba sus blancas camisas con enfermiza pulcritud y precisión.

La americana de Paul era un homenaje al corte perfecto, perfecta hechura.

Inmaculados; brillo azabache sus zapatos cada mañana. Todas las mañanas.

Se dejaba ayudar.

                            Tenía una chica que limpiaba su apartamento dos días por semana y un tercero le hacía la compra y le planchaba. Nunca las camisas. Ella se dejaba llevar por ese punto de normalidad que el consideraba inaceptable. Así, pues, ella vaciaba el cesto de la plancha  cada jueves (era el día destinado a esta tarea; así constaba en la agenda de Paul) pero… apartaba cuidadosamente y con esmero las camisas, camisas blancas, que Paul plancharía con la precisión de un cirujano siguiendo la línea marcada con su bisturí (afilado como el amanecer)

Pero no lograba Paul planchar las arrugas que asolaban su memoria. Arrugada la piel de su memoria no lograba encajar las piezas que le permitieran seguir adelante.

Se alimentaba su ansiedad cada día de aquel amasijo arrugado de ayeres. Se engordaba su miedo, cada día, de aquel otro nudo arrugado de futuro incierto.

Sintió terror cuando creyó ver  una arruga próxima al cuello de su camisa; su camisa blanca.

          –  Suerte la corbata (pensó Paul). Bastará apretarla un poquito cerca de la arruga.

No supo calcular el esfuerzo.

Apretó demasiado.

                                  Me contaron ayer la historia de Paul, mientras planchaba…

                                                                                                            Eva López Álvarez

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