[…]”los coches aparcados sobre nuestros recuerdos”…
(Joaquín Sabina)

Aparqué hace un ratito, tras varias vueltas sin éxito. Abarrotadas las calles, abarrotadas mis venas, abarrotadas las líneas de mis manos, las líneas de mi agenda.
Necesitaba reponer combustible. Así pues, aparqué…
Dejé mi cuerpo en zona azul. Cuando esa máquina infernal llamada “parquímetro” me pidió la matrícula dudé unos instantes pero improvisé: HLC 2013 (dictaba mi alma “hasta los cojones del año 2013”). Tatuado el tíquet con los datos citados lo posé en la base del parabrisas de mi cuerpo (bajo la axila derecha)
Y me marché; huí un rato. Ahí quedo mi cuerpo…mi alma se alejó caminando; la condensación que provocaba el frío me lo ponía difícil; me arrastraba hacia arriba sin que yo quisiera… mi alma quería caminar a ras de suelo: contemplar desde abajo como los transeúntes del parque metían sus manos en los bolsillos, cómo juegan esas manos dentro de los bolsillos, cómo parecieran escribir mensajes a quién sabe que otra mano que se guareciese del frío en otro bolsillo, distante, lejano.
Quería sentir el calor que emiten las huellas recién nacidas; en el preciso instante en que la suela del zapato se levanta, se aleja. Continúa.
Quería escuchar el susurro ininteligible casi, apenas perceptible que emiten esas bocas que hablan para sí mismas, íntimo consuelo, íntimo consejo. Me posé alrededor de algunas a la espera de una palabra…

No sabría calcular con precisión cuánto rato mi alma viajó libre. Cuando volví el controlador (cabrón) me había multado.

“Boletín de denuncia. Hora de estacionamiento rebasada” decía el papelito…
El susodicho controlador no quería que se escapase la denuncia; así pues la clavó con un palo en medio del pecho. Se veía la inquina en la violencia que dibujó alrededor de la herida.
Fué curiosa la escena…

Suerte que las heridas de carne y piel cicatrizan pronto…

Eva López Álvarez

aparcamiento

Ginebra [anécdotas…]

 

Cuando un cuerpo muere

                                      – en extrañas circunstancias,

se le practica una autopsia – pensaba Ginebra, ausente.


Se desmonta el mecano del cuerpo;

                                                     vísceras a un lado,

                                                     la sangre [macabro estanque];

                                                     de otro lado la piel, 

                                                                                  rota al filo decidido del acero atroz.


Rebuscan – manos expertas – la pieza que se detuvo.

Estudian – mentes expertas – por qué se detuvo.

Se apuntan las incidencias en un papel muerto que firman – de nuevo – manos expertas.

 

Y un cuerpo que fué hermoso, que se enredó otras manos, en otros pasos,  que se estremeció cuando sentía encoger su estómago   – esclavo de unos ojos -, que luchó contra los minutos que se aferran [impíos] a cada milímetro cúbico de piel… que fué perfecta maquinaria yace sobre una suerte de pila de fregar gigante deshecho de respuestas que llegan tarde.


Cuando una emoción muere 

                                          – en extrañas circunstancias,

no hay bisturí – ni expertas manos –  capaces de diseccionar el cadáver de tu risa;

                                                                                               el occiso de tus besos… – pensaba Ginebra.

 

 

Eva López Álvarez

 

autopsia