Ginebra (capítulo VII)

Ginebra pensó –emoliente café en mano; ventanas con vaho, delatoras de la escarcha reinante en el exterior- que le gustaría ser tecla en una antigua Olivetti o, aunque sonaba menos romántico, tecla de un modernísimo teclado o, sumida en el pragmatismo gris al que la abocaba la realidad a diario, teclita de moderno Smartphone de esos que te hacen creer que las ilusiones caben en un bolsillo…

Tecla. Quisiera ser tecla…

                                          Me tocarían a diario. Me sabría deseada, buscada, necesitada. Parte imprescindible en el camino [angosto tantas veces] a una palabra [necesaria].

Ginebra se iba sintiendo crecientemente excitada imaginando cómo las yemas de los dedos de una mano, que no es sino apéndice ejecutor de un brazo [lo imaginaba decidido], que no es sino pared exterior del pecho que salvaguarda, que no es sino refugio de la tinta líquida [rojo, denso y viscoso] del alma que dicta las palabras que la hacen tangible, se deslizaban con un nuevo erotismo por aquel teclado buscando la letra precisa…

Tecla. Quisiera ser tecla…

                                              Cuando las yemas de los dedos de esa mano se acercasen, dos o tres teclas a la izquierda, una arriba, quizás, sentiría cómo los vértices de la “A” de anhelo se redondeaban deshaciéndose en una “a”  de aleluya; sentiría cómo las curvas de la “B” de brújula se tornaban línea recta, corta como la “b” de bar que para ella era tertulia, confesión expuesta, el alma en bandeja…

Tecla. Quisiera ser tecla…

                                          Rendida al tintineo [música en la partitura de las venas del que escribe] de las letras de metálico mármol (maleables como arcilla virgen) que se iban sometiendo a la voluntad de las palabras que nacían en la mente del dueño de aquellos dedos, aquellos brazos, aquel pecho, aquel alma que acariciaría su contorno y se recrearía en cada milímetro que conformaba la letra que precisaba para escribir aquella palabra que inundaba su espacio, su tiempo…

Se sentía a ratos vocal abierta que gritaba al mundo su vacío.

     Otrora consonante dental que hiciese eterno el umbral de la boca antes de abrirse. O labial, presa de un instante que eterniza un misterio.

Vocal cerrada, como algunas celdas de su memoria…

Tecla.

         Quisiera ser tecla, a la espera de las yemas de sus dedos.

                                                                                                                     Eva López Álvarez

máquina de escribir y la mujer menguante

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Ginebra (capítulo IV)

Ginebra cogió [guiada por un impulso irrefrenable] una de sus olvidadas barras de labios.

Rojo.

Puro rojo.

Sangre. Vísceras. Deseo.

Se acercó al espejo cuanto pudo para delimitar con quirúrjica precisión la línea exacta de su boca que vestiría de ese deseo ingente, henchido de tiempo, de soledad, de rabia.

Pensó que pintaría su boca [desdibujada de amores, de amantes, de besos, de la senda viva que deja un dedo cuando la recorre] a modo de símbolo; sería un reclamo para esas caricias urgentes en su alma.

 

Ese pensamiento frunció su ceño y su ánimo.

Tomó perspectiva y echó un paso atrás. La distancia le recordó que, quizás, no era su boca la que ansiaba un gesto, un mimo, un beso; otra boca.

Convertiría, pues, la barra de labios en marcador fluorescente de aquellas zonas que clamaban a gritos en su cuerpo una huella.

Sus ojos se recrearon primero en sí mismos; recorrieron [con gran desconocimiento para su sorpresa] su contorno; almendrado y rodeado de incipientes arrugas escritas con el abecedario de las decepciones. Sus pestañas; las pupilas [orbe de sus percepciones]

Continuaron su viaje por los labios que dejó sin pintar; tensos; no tan curvilíneos como el camino que conducía a su vientre.

Desnudo.

Miraba la barra de labios y contemplaba su clavícula; prominente [pareciera recipiente, cubículo para sus lágrimas, tal vez, derramadas sin ton ni son tantas veces]

Su pecho; pequeño. Vértice angosto de su vientre, redondo.

El cuello; olvidado. Sin escribir.

¿Qué parte de su cuerpo era la que anhelaba que la tocasen, que la recorriesen, que la acariciasen; que la trajesen al presente a golpe de carne y piel?

Triste.

Desolada.

Sabiéndose más abandonada que nunca, Ginebra dejó la barra de labios en el estante del baño, inmaculado.

No encontró el modo de pintar la boca de su alma de rojo.

 

¿Qué clase de amante besaría el vacío que dejaron sus noches en blanco?

¿Su memoria?

¿Cómo se acaricia un recuerdo?

¿Cómo se toca la soledad?

¿Cómo se abrazan las ausencias, se acurrucan los fracasos?

 

¿Cómo se besa el vacío?

 

 

Eva López Álvarez

GINEBRA IV

Ginebra (capítulo I)

Ginebra odió su nombre hasta que una de esas noches que no acaban intentó diluir cada una de sus letras en el líquido homónimo.

El amanecer impío le devolvió intacta su identidad y le regaló uno de esos dolores de cabeza que te impiden casi respirar; que distorsionan tus sentidos; que aplastan inmisericordes tu razón.

Años mas tarde, cuando el calendario y las experiencias vividas y los sueños robados, te llevan a ese punto en que comprendes que la felicidad sólo habita en un segundo efímero, pasó a amar profundamente su nombre; fue justamente el día en que descubrió (puro azar) que Ginebra significa “espuma de mar”.

Le pareció tremendamente hermoso.

No sólo la nombraba.

La definía.

La pintaba.

Olía como ella.

También sabía a sal.

Espuma era una palabra mágica, desde siempre, para Ginebra. Pasaba largos ratos, huída del mundo, en la orilla del mar observando cómo la espuma, brava en la lejanía, fuerte, retadora incluso, se deshacía ante un grano de arena; desaparecía.

Se extinguía. Perdía su forma; perdía su color; perdía su identidad.

Ya no era nada.

Esa mañana, Ginebra anheló conocer cada textura parecida a esa espuma que la definía y que jugaba a desaparecer a cada enviste de mar. Esperaba ese reconocimiento en otro que, a veces, no llega jamás.

Decidió ser humo.

Gas.

Vapor.

Vaho.

Aliento [vivo de otras bocas] que penetrase en su alma infundiéndole un nuevo hálito, distinto, lleno de otros sueños, preñado de otros deseos, vivo de otros segundos, alimentado de otros recuerdos, ingrávido de otros besos.

Corrió [presa de una prisa absurda] a un estanco y compró un paquete de tabaco. Jamás antes había fumado. Pero sintió un impulso irrefrenable. Deseó que sus labios se tornasen hechiceros hacedores de humo; que su boca se llenase de él, que sus adentros abriesen paso a ese humo incorpóreo, intangible, inmaterial y que, en cambio, al igual que la espuma, lo invadía todo; se colaba por cada poro abierto como lo hacía el genio de Aladino saliendo al mundo a través de la escueta apertura de la lámpara maravillosa. Dispuesto a conceder deseos.

Esclavo a la vez.

Con la torpeza propia de un principiante logró encender el cigarrillo tras varios intentos.

Y aspiró.

Notó cómo el humo arañaba su garganta y penetraba, atroz, sus adentros encogiendo cuanto encontraba a su paso; sintió empequeñecer sus pulmones; sintió un ahogo creciente que consumía su aliento y que, paradójicamente, le producía un estado de adormecimiento irreal, parecido al de la anestesia.

Luego el abandono. Sentía que todo su interior era de corcho, como una esponja de mar llena de agujeros que dejaban escapar sus miedos, sus secretos. Sólo ese humo tóxico e insolente entraba y salía a su antojo abriendo puertas, arrancando cortinas celadoras, dejando cada ventana que encontraba a su paso de par en par. Expuesta.

Esa exposición le produjo un miedo, visceral y creciente, a no ser capaz de volver a cerrar puertas, ventanas y correr cortinas; a quedar sin protectora piel para siempre; sin retorno.

Apagó el cigarrillo casi con saña, esperando extinguir todo resto de ese humo que la había dejado desnuda…

Eva López Álvarez

ginebra