Ginebra (capítulo VI)

Las manos entumecidas; y los pies profundamente doloridos a causa del frío. Condolido el cuerpo entero. La piel, frágil manta de escarcha.

Continuó andando, pero analizando el terreno; escudriñando cada cafetería desde la acera helada, hasta encontrar una que la llamase, que la invitase a entrar, que, de alguna manera, le contase una historia o quisiera escuchar la suya [esa llena de silencio(s)].

Los ojos de Ginebra se detuvieron en un quiosco; un quiosco de esos que emanan calor, ese calor vivificante, ese calor que abriga el alma, nacido de las páginas de los libros y revistas que custodian sus improvisadas puertecitas. Justo enfrente de él, al otro lado de la acera, había un café sin nombre; le daba exactamente igual que fuese bonito, acogedor, cálido, grande, pequeño, luminoso u oscuro. Todo el calor y toda la luz y todo el cobijo le vendría de aquel quiosco que exhibía poemarios de autores locales y mapas y guías y libros de cocina típica de la región. Se sentó en la barra, en un taburete desde el que contemplaba con todo rigor el frente de aquel quiosco; el escondido mostrador que protegía y salvaguardaba al dependiente de palabras, chuches e ilusiones, que frotaba sus manos junto a un calefactor cuyo calor se hacía tangible en medio del hielo cortante que reinaba en derredor.

El tiempo podría morir aquí, ahora, en este lugar, en este instante. No necesito mas. Apenas oía la voz del camarero que hubo de repetirle varias veces qué deseaba tomar.

– Disculpe – sonrió absorta. Un café solo, por favor. Largo, si es tan amable.

Cada vez se sentía mejor allí; no sólo observaba esos trocitos de las almas que taturaron las revistas, los libros, los manuales… también analizaba cada gesto, cada movimiento delator de los que se acercaban. Podía adivinar mucho de aquellos transeuntes que ralentizaban su paso o se detenían en el quiosco. Por el libro que tocaban, por cómo lo tocaban. Por la revista que habían elegido, por el periódico que se llevaban… Y veía algo suyo en cada uno de ellos.

Del chico del abrigo verde caqui y vaqueros terriblemente atractivos [… volvía a tener sed su piel] se quedaba con su manera de acariciar los libros que le gritaban al mundo (mudo) montones de palabras (llenas, densas, plenas). De la señora forrada en pieles engreídas se quedaba con la sonrisa, sonreía como si la vida y el frío y los lunes no fuesen con ella… Del anciano con sombrero y puro y abrigo de “señor de los de antaño” se quedaba con la amabilidad, esa que se está perdiendo, esa que dice por favor y gracias y abre la puerta y cede el paso… Del niño que tramaba un plan para escapar de su confortable y ultramoderno carrito anti-golpes, anti-frío, anti-vida real se quedaba con la ingenuidad intacta y la batería de los sueños por cumplir cargada al 100%.

Cuántas huellas dejamos sin darnos cuenta – pensaba mientras daba vueltas a la cucharilla para deshacer el azúcar de su café largo (como los días, como las noches). Las huellas que dejan tus ojos, las huellas que dejan tus pasos, las huellas que dejan tus gestos…

Reparó entonces en la barra sobre la que reposaban sus brazos. Estaba imprimiendo sobre ella otras tantas de esas huellas imborrables.

Andaría sobre esa barra; ahora mismo. Dándome igual cuanto piensen de mí. Dejaría en esta barra parte de lo que mis pasos [infructíferos] buscan. Caminaría con la cadencia del tiempo atada a las pulseras de los zapatos que cercan mis tobillos, como marcando un umbral [ojalá alguien se saltase esa norma y trepase umbral arriba…]. Pisaría con la certeza inequívoca que cantan los tacones [afilados como el mañana]. Giraría sobre sí misma y dibujaría [polvo mezclado con caucho] unos pasos de baile que habrían de contarle cosas al oído al que mañana ocupase ese taburete. Se dejaría vivir allí… arrastrada por los brazos de otras huellas que anduvieron antes por allí.

Se dejaría vivir…

                            – ¿Le sirvo algo más, señora? – inquirió el camarero…

Ginebra comprendió que debía llevar mucho tiempo allí para consumir tan solo un café…

                            – No gracias… ¿Me cobra, por favor?.

Mientras el camarero se alejaba en busca del cambio no se resistió y escribió en la barra [podría olvidar las llaves de casa, cualquier cosa pero jamás un bolígrafo] […]” me dejaría vivir… aquí”.

                                                                                                                                                    Eva López Álvarez

Ginebra VI