Los cero grados  que marca el termómetro esta mañana han helado mis venas haciéndome parecer un reptil de sangre fría buscando una roca al sol en la que recuperar el aliento, la cadencia, el movimiento.

Los mismos cero grados también han ralentizado el fluir de mis pensamientos y la intensidad de mis impulsos, de mis sentimientos, la vehemencia de mis sueños y la magnitud de mis emociones.

En este estado pseudo-robótico, fruto del paso previo a la congelación, camino a las rutinas, con los cristales del coche vestidos de escarcha, he comenzado a pensar que, igual que el ritmo de nuestro corazón, es decir, la frecuencia cardíaca, se mide en pulsaciones, tal vez, sólo tal vez, el compás de nuestras almas pueda medirse de algún modo y que tal vez, solo tal vez, haya un baremo establecido y estereotipado, según el cual, del mismo modo que sucede con nuestro corazón, si el alma tiene 70 pulsaciones todo va bien; pero si la ansiedad, la fatiga o el miedo suben las pulsaciones de tu espíritu a 200 estés, tal vez, sólo tal vez al borde de una arritmia inmaterial . Me fascinaría poder medir nuestra frecuencia anímica y saber si la contracción de mi alma (el sístole de mi aliento) roza su frecuencia máxima.

Y así como el deporte aumenta nuestra frecuencia cardíaca, imagino yo habrá PALABRAS, escritas en mayúsculas, que calen tan hondo en el alma que la dejen, al límite de lo soportable y, de igual modo, habrá otras palabras de hielo que la dejen aterida de frío, sin apenas pulsaciones, al borde de un catastrófico infarto inmaterial (siguiendo el paralelismo infarto propiamente dicho e infarto cerebral).

Y si nuestro corazón sufre de palpitaciones, fruto de la ansiedad, o de algunas enfermedades, o de la hiperventilación, nuestras almas sufran, quizás, de palpitaciones nacidas del filo de los ojos distantes, o de la elocuencia de las palabras mudas o del veneno de los besos secos o de los abrazos de humo o de las manos desnudas de huellas dactilares o de qué se yo.

Rebuscando en el baúl desordenado de mi memoria aflora una imagen de esas de película en la que, en caso de parada cardiorrespiratoria, se inyecta al protagonista una inyección de epinefrina directamente en el corazón atravesando inmisericorde epidermis, dermis, hipodermis y esternón hasta alcanzar el motor de nuestros pasos, el pilar maestro de nuestras frágiles paredes. Y no imagino qué clase de aliento inyectable podría devolver nuestras almas a la vida tras una parada animo-espiritual… Porque si los efectos secundarios del ibuprofeno, de la adrenalina, del ácido acetilsalicílico son de sobra conocidos por todos, la química que anestesia tu alma o la mía, esto es, las mentiras o el alcohol o algunas drogas, nos matan más rápido que las palpitaciones espirituales que nos aquejan, que nos llevan al borde de ese infarto espiritual que describía..

Quedo, pues, a la espera de encontrar al menos, un aparato mágico, como el pulsómetro, que me diga si mi alma resistirá (o no) algún asalto más en este ring despiadado en que el adversario es el Tiempo, sádico e inmisericorde, que te noquea con los golpes bajos de las esperanzas rotas.

Eva López Álvarez

 

cero grados

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