Cuando pedí a la atenta dependienta de la joyería que me diese un reloj que atrasara, sentí cómo me convertía en un ser pequeñito, pequeñito, pequeñito… Me miró con una mezcla de sorpresa, de insolencia, de desconcierto y con un ápice de desprecio…
¡Está completamente loca!!! -gritaban sus ojos, intentando ser lo más neutra posible…mientras su boca, mecánica, preguntaba:
¿Perdone?.
Un reloj que atrase, repetí, esta vez con un matiz de cierta ironía, con esa seguridad retadora; incluso desafiante… No mucho, por favor, pero que atrase. Estaría bien unos minutos al día; alargar algún momento del día (a ser posible a elegir); estirar la goma que hilvana los minutos, que los cose al bajo de nuestros tiempos y nuestros destiempos…
Nuestros relojes no atrasan; tampoco adelantan; maquinaria suiza, señora. Tal vez lo que busque no está aquí. Aquí el tiempo es inviolable; inamovible; certero; aquí los días acontecen en el intervalo de 24 horas acotadas perfectamente por sus 60 minutos…

¡Cuánto lo siento!-le respondí con franqueza… Ni se imagina lo mágico que resulta difuminar los límites del tiempo, emborronar la certeza de que un segundo dura un segundo, de que mañana comenzará a las 00:00 y la seguridad de que hoy (por feliz que haya sido) está comenzando a morir…

Salí de allí sin ninguna noción del Tiempo; no miré el reloj, ni tampoco el móvil delator; solo caminé y medí mi abstracción en pasos, no en minutos y recuperé recuerdos que clasifiqué por la profundidad de la huella que dejaron en mi alma y no por el momento en que acontecieron…


                                                                                                                                                                     Eva López Álvarez

 

reloj

 

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