Ginebra (capítulo V)

 

Ginebra (capítulo V)

 

 

El amanecer y el otoño sorprendieron simúltaneamente a Ginebra;

                                    del mismo modo que la noche [cobijo] y el verano la habían abandonado.

 

Un montoncito de hojas [amarillo cartón, virgen de palabras] se posaron alrededor de sus tobillos, creando una especie de círculo que cercaba sus pasos [aquelarre de fantasmas con nombres de olvido].

La mañana olía a calor desarraigado y sabía a invernadero [fábrica de mentiras e imitaciones]. Los minutos, llenos de horas, huecos de instantes vivos, atraían feroces la tarde, asolada de prematuro invierno.

Así, con los ojos ateridos de agosto corrió a casa y se vistió de literatura; ésa que susurraba tibieza a su aliento helado.

 

Puso un papelito tatuado con magia en el bolsillo interior de su americana; el conjuro se recitaba así:  “Si alguna vez la vida te maltrata / acuérdate de mí, / que no puede cansarse de esperar / aquel que no se cansa de mirarte”. (LUIS GARCÍA MONTERO).

 

A Ginebra le sobraban bolsillos, como le sobraban sueños. Rescató otro trocito de papel, liviano, con jirones de lo que un día fueron flores y que, al trasluz, le contaban historias [tan distintas, cada día]; éste le arrullaba:  “Llorar a lágrima viva, llorar a chorros…Llorarlo todo, pero llorarlo bien. (…) Llorar de amor, de hastío, de alegría…” (OLIVERIO GIRONDO) y fué a parar al bolsillo derecho de su pantalón.

 

Otro bolsillo – se dijo y rebuscó aquellos cartoncitos que atesoraba entre las páginas de sus libros favoritos; esos que se archivaban en su memoria y que se resumían en su alma. Encontró: “Lo que me gusta de tu boca es la lengua. Lo que me gusta de tu lengua es la palabra.” (JULIO CORTÁZAR)

 

Mas bolsillos, mas encantamientos:

“Las personas felices no tienen historia” (SIMONE DE BEAUVOIR) – no pudo evitar sonreir con esa certeza de alquitrán que solo reconocen algunos. “Quiero llorar porque me da la gana” (FEDERICO GARCÍA LORCA)… – yo también, suspiró.

 

En lo que dura un beso estuvo vestida de palabras y eligió varios destinos;

 

con paso firme se dirigió a donde los tentáculos de asfalto, huídos de la ciudad se enredan con los caminos que agonizan cuando la tierra enmudece de chicharras y pájaros. Allí, donde tomamos conciencia de que la luz viaja dentro de un cable como la voz que parte de mi teléfono para terminar en tu alma. Miró los postes gigantes que soportan esos cables y pensó [delirante, lo sabía] dejar un poquito de su particular vestimenta en alguno de ellos, en dos lo suficientemente distantes como para soñar que transportasen el mensaje de un desencanto a otro, lejano. Remoto.

 

A continuación se dirigió al puente que contempla impertérrito las salidas y entradas de trenes [un día viajaré en tren; uno de esos viajes largos; dormiré en un tren; dejaré un poco de mis ojos en cada ventanilla, en cada recodo, en cada rincón del paisaje]. Alli recordó su primer cigarrillo y se sintió marear de nuevo. La velocidad tangible, el suelo inestable, el humo invasor. Calculó; arrojó el contenido de uno de sus bolsillos al tren; no supo dónde se enredó. Solo le importaba dónde llegaría, quién se vestiría en otro lugar, en otro tiempo, con ese fragmento suyo.

 

Por último se fué a la biblioteca; recorrió los pasillos dejando esferas de relojes muertos a cada paso. Vació sus bolsillos entre las páginas de algunos ejemplares, únicos como especie en extinción. Aquel que escogiese alguno de aquellos libros se llevaría, seguro, una sorpresa de esas que te aferran al azar como mantra existencial.

 

Se sintió desnuda; y feliz. Aturdida por una suerte de lejana intimidad.

 

 

Eva López Álvarez

 

Ginebra V