El hombre que baila sobre un volcán

 

Atesoraba montones de años.
Su piel lo contaba;
pareciera corteza de árbol viejo su piel
[idénticos círculos concéntricos; como almanaques vivos
mudos testigos]

No tenía mas que eso: montones de años.

Una silla (solo tengo un culo, se sonreía insolente con el destino).

Un camastro (nunca he sido de amores mas largos que una noche, se sonreía de nuevo, osado con el azar).

Una taza de café que usaba para el vino, para el agua, para el café (se sonreía cada vez que cogía su taza, mellada como él; esportillada como sus uñas a manos del tiempo; descolorida como su pelo)

Un hornillo y un tesoro, la caja de cerillas. (¿Quién necesita magia teniendo una cerilla?)

Un retrete; un lavabo; una muda (solo tengo un cuerpo, volvía a reir con el descaro del que no teme a nada; del que se conoce; del que está tan vivo que no le importa un carajo la parca)

Durante mas años de los que recordaba no le sobraba ni una colilla al mes; ni una moneda; ni una galleta… A veces, ni una cerilla (era lo que mas le dolía). Pero durante esos años coleccionaba pequeñas losetas de porcelana, de esas con las que se ponen absurdos nombres a las “fincas de alcurnia”. Renunciaba a otro paquete de galletas, o a unos calcetines libres de agujeros por reunir las monedas precisas para comprar otra pequeña pieza.

Tardó tanto en reunirlas que las letras parecieran anárquicas, sin sentido alguno, huecas…

Cuando compró la última recordó la emoción inmensa que se siente al llorar. Tanto tiempo secos los lagrimales que las lágrimas brotaban con olor a robín….
Había guardado, con esmero de padre primerizo, un saquito de cemento y una espátula que encontró en un contenedor.

Colocó, con ese esmero que solo cabe cuando la espera ha sido larga y atroz, cada pieza, cada letra… comprimía con la presión justa para que se mantuviese en su lugar mientras se secaba…

Cuando terminó, su alma se hizo tangible y empujó huesos, corazón, piel hasta salir de su cuerpo y apoyarse en la barandilla para contemplar[se].

Ese era él; esa era su alma:

“El hombre que baila sobre un volcán”

Una carcajada invadió el aire. Se fumó un cigarro allí, sentado, con la eternidad en un bolsillo y la muerte rondándole en el otro.

– Cuando quieras nos vamos – le dijo con aquella osadía del que no teme a nada; del que se conoce; del que está tan vivo que le importa una mierda morirse…

Yo ya estoy aquí; para siempre. Bailando sobre un volcán.

 

Eva López Álvarez

volcan

Ginebra [anécdotas – microrrelatos]

La vida de Ginebra se resolvió en los segundos que se deshacen esperando que el semáforo cambiase a verde.

Mi alma lleva toda la vida en rojo – pensó. Mi piel, en rojo permanente. Ningún verde, ámbar siquiera, frente a uno solo de mis deseos…

Contaré los segundos que me separan del verde. Y, cuando el semáfofo [tirano] me empuje a dar un paso pondré mi alma, mi piel y mis deseos en verde…

Al parecer, el conductor del coche que abría la espera efímera y eterna de cuantos le seguían, todavía tenía su corazón en verde; no pisó el freno; ni siquiera deceleró; decidió que ese fuese el último paso de Ginebra…

semaforo